
Quiero un hijo, quiero mi obra maestra existente, sentirme orgulloso, por ser creador. Un hijo es la experiencia donde más te acercas a ser Dios, a jugar a dar vida, hacerlo a tu imagen y semejanza. Un hijo es esperanzas, es felicidad. Un hijo es arte.
Yo no soy padre, pero soy hijo, y soy obra maestra, o tal vez obra alumna. Soy hijo de mis padres y de mí mismo, soy mi padre, soy un personaje creado; no a mi imagen y semejanza, sino a mis gustos y pasiones, tomo el control de mis emociones y de mi vida, juego a mi cotidianidad, a creer que soy héroe o tal vez villano, o tal vez simplemente un transeúnte más.
Soy hijo y soy padre, porque escribo la novela de mi vida, porque me moldeo a placer, porque juego a ser escritor y es por eso que también soy padre, no sólo mío, sino de mis personajes, a los que les doy vida o tal vez sólo de alguna manera les doy existencia; soy su padre, su creador y de cierta manera soy su Dios. Nacen crecen se reproducen y mueren; mis personajes, tienen emociones y sentimientos, y cuando sufren me duele, me duelen como le duele un hijo a un padre. Su vida me importa, me importa demasiado. A veces juego a que mis personajes no son míos, sino sólo prestados, que tienen vida propia y no la que yo les doy; a veces pienso que no soy novelista sino cronista de vidas ya determinadas y que sus decisiones no obedecen a mis criterios, sino que tienen criterios propios, que son independientes de mí como un hijo es independiente de su padre.
Soy hijo, soy obra maestra y soy padre, padre de mis personajes, de mis escritos, de mis poemas, mis cuentos y mis ensayos. Soy Dios y no soy nadie, porque yo los conozco, pero ellos no me conocen, y cuando mueren olvidados en algún cuaderno guardado y empolvado, me duelen, me duelen en el alma, aunque ellos no me conozcan, porque son mis hijos, son mis obras maestras y de alguna manera hay cierta interacción entre ellos y yo, somos parte de uno mismo, yo soy parte de ellos y ellos son parte de mi, y la misma sangre que corre por mis venas, es la tinta con la que escribo y describo su personalidad, con la que les doy forma, con la que su identidad es mía, porque son míos y son yo.
Y mientras escribo este ensayo, es como si estuviera pariendo un hijo más; un pequeño chillón que me roba la atención en las tardes de tarea, que me roba el sueño en las noches de inspiración, un hijo mío que está aquí, aunque no esté y que es mi obra maestra.
Escribir es amar, escribir es apasionarse, escribir es de cierta manera parir.